Un plan de sombra no es plantar árboles

Casi todos los ayuntamientos han plantado árboles en los últimos años. Bastantes plazas siguen siendo inhabitables en julio a las cinco de la tarde. Las dos cosas son ciertas a la vez, y el motivo por el que conviven es que plantar arbolado y planificar sombra son trabajos distintos que se confunden porque comparten factura.

Plantar es una actuación: se decide una especie, se abre un alcorque, se firma un contrato de suministro y se inaugura. Planificar sombra es una decisión geométrica y temporal: exige saber a qué hora se usa ese espacio, qué recorrido hace el sol sobre él en el mes crítico, cuánta superficie hay que cubrir en esa franja concreta y cuántos años tardará la copa prevista en cubrirla. Sin ese segundo trabajo, el arbolado se coloca donde queda sitio —normalmente el perímetro, donde no estorba al mobiliario ni a las instalaciones enterradas— y la sombra cae sobre la fachada y sobre los coches, no sobre la gente.

Las tres preguntas que rara vez están contestadas

Un plan de sombra que sirva para algo contesta por escrito a tres preguntas, y las contesta antes de elegir especie:

¿A qué horas se usa este espacio? No es lo mismo una plaza de mercado, que se vacía a las dos, que un espacio de juego infantil, que se llena justo cuando la radiación es máxima. La franja de uso determina el azimut que hay que cubrir, y esa es la única forma de saber en qué lado del espacio hay que plantar.

¿Cuánta superficie hay que cubrir, y en qué mes? La sombra se dimensiona por el escenario desfavorable, no por la media anual. Un espacio confortable en mayo y desierto en agosto está mal resuelto, aunque la fotografía de la memoria salga bien.

¿Cuántos años faltan para que eso ocurra? Es la pregunta incómoda. Entre la plantación y la copa útil hay entre ocho y quince años según especie y porte de suministro. Un plan honesto dice qué se hace mientras tanto —pérgola, textil, sombra provisional— o admite que la plaza no será utilizable durante una década.

Por qué no se hace

No es ignorancia técnica: en cualquier servicio de parques y jardines hay quien sabe esto perfectamente. Es que el plan de sombra no tiene expediente propio. Aparece como una línea dentro de un proyecto de urbanización que redacta otro equipo, con otros plazos y otro objeto de contrato, y llega tarde a la única fase donde todavía se podía decidir la posición de los alcorques. Cuando el arbolado entra en el proyecto, el trazado de servicios ya está cerrado, y el trazado de servicios es el que manda sobre dónde puede haber un árbol.

Ahí está la propuesta, y es más de procedimiento que de jardinería: el estudio de soleamiento del espacio libre debe ser un documento de la fase de anteproyecto, con la misma condición de vinculante que tiene el estudio de accesibilidad. No cuesta más dinero; cuesta ponerlo antes.


Este artículo es un ejemplo de demostración, escrito para poder ver el blog con contenido dentro. No está publicado a nombre de nadie ni recoge datos de ningún municipio concreto.

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